Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are) – 2009


A Spike Jonze lo conocimos en Cómo ser John Malkovich. Su fama de raro se agrandó con su gran Adaptation (El ladrón de orquídeas). Donde viven los monstruos fue su tercer largometraje, una adaptación de un cuento para niños en donde Max, un niño malcriado necesitado de atención se crea un mundo paralelo en donde es el rey.

El comienzo de la película nos muestra a un niño que no para de jugar dentro y fuera de casa, dando muestras de cómo la violencia contra cosas inertes puede llegar a ser divertida durante la infancia. Max, el protagonista, tiene una mente muy imaginativa pero, a veces, tener una madre que se pasa el día trabajando y una hermana adolescente más preocupada por sus amigos que por su hermano pequeño llorón no es el entorno que un infante desearía. Y es eso lo que le pasa a Max. Un día, durante la cena, se vuelve medio loco cuando su madre le regaña cuando empieza a gritar y romper lo que pilla a su paso.

A partir de ahí, Max se escapa, coge una barca y llega a un mundo habitado por unos extraños seres que le creen cuando dice que es especial. Max se convertirá en el centro de atención de todos estos monstruos, que lo coronan rey. Sin embargo, ser rey conlleva una gran responsabilidad: el deber de hacer felices a todos. Al principio lo hace perfectamente, pero es cuando empiezan a surgir problemas en el grupo cuando Max no sabe resolver todos los problemas que le afectan.

Es al principio, con la llegada de Max a su mundo imaginario, cuando nos divertimos como si fuésemos pequeños. ¿Quién no ha querido hacer el bestia sin que nadie te diga que no? ¿Y caerse y tirarse unos contra otros sin sentir el más mínimo dolor? Todo el mundo… pero cuando la película va tomando forma es cuando vamos perdiendo interés y yo, personalmente, comienzo a odiar al protagonista. Nunca me han gustado los niños, pero este saca de quicio a cualquiera, por lo que es muy fácil ponerse en la piel de una madre que tiene que llevar el peso de la familia sin ayuda, y aún encima debe aguantar a su hijo mimado e insoportable. ¿Quién no le daría un capón para que se callase?

Nota: 6 sobre 10.

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